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martes, 23 de julio de 2013

La Revolución Raskolnikiana

Usamos este medio para sacar a la luz material inédito sobre el movimiento Raskolnikiano, un documental que aborda a fondo la ideología de Rodión Romanovich Raskolnikov:
http://www.youtube.com/watch?v=TXimWo2cjns

Larga vida a los insurgentes Raskolnikianos!

Coman, duerman, luchen por ser libres!

Si quieres unirte a nuestras filas, envía vuestra correspondencia a anomia90@gmail.com


martes, 18 de junio de 2013

El amigo


El amigo le comentaba que su escrito era la viva imagen de su talento. Degustó el comentario como quien saborea una seta venenosa. Sabía que aquello era una caricia ponzoñosa, de esas que se permiten en el ejercicio lúdico de la amistad. Lo invitó al balcón, lo convidó con uno de sus puros y bajo una nube de humo ambos contemplaron el valle lindado por el arroyo. Aquel paisaje bucólico era una postal en negativo del alma de aquel hombre, que como enfermedad, sentía como la envidia navegaba por sus venas y calaba hasta los huesos. Sabía que su pluma nunca igualaría a la de su amigo. Dejó de pensar, distrayéndose con el volar de un pájaro sobre el arroyo. Se lo señaló a su amigo. Éste se apoyó sobre la baranda del balcón y con su mirada buscó el ave. El hombre, con ambas manos, tomó a su amigo por los tobillos y lo levantó hacia arriba, haciéndolo caer desde la terraza. Acabó su puro contemplando la inmensidad del valle, limpió las cenizas de la baranda y entró de nuevo a la casa.
Maldoror Le Fou 

martes, 11 de junio de 2013

Siendo Horacio


De pronto fui siendo Horacio. Mi barba y mis cabellos cobraron la forma de los suyos. Caminé varias cuadras, con ojos locos pegados al suelo, hasta el anticuario más cercano. Allí, entre unos trastos viejos descubrí lo que quería. Ahora en mi habitación escribo este manuscrito, absorto entre la niebla del cigarro. De tanto en tanto tomo mi escopeta y limpio su cañón, procurando no ensuciar su boca. En cada contacto con ella, coqueteo con la idea de mi muerte. Pero la molestia que significaría limpiar mis sesos del tapiz nuevo, me desvía de ese pensamiento. Para eso tengo preparada mi limonada sobre el escritorio, perfectamente aderezada con una pizca de cianuro. Es cuestión de tomar la decisión definitiva y lanzarme de lleno a la deriva. Previo a ello, imaginar una tragedia auténtica, como el haber tomado distraídamente el arma y haberla disparado accidentalmente, ocasionando la muerte de mi madre, que me acaba de traer la cena.
Mr. Q.

martes, 4 de junio de 2013

El carpincho valiente

No es fácil la vida del carpincho, se te conoce como rata grande. Y eso que somos mil veces más astutos y temerarios. Si desconfían, presten oído a la historia del kapi'ÿva py'aguasu (carpincho valiente). Dícese de este pariente que andaba perdido y fue a parar a orillas del Paraná, justo adonde aflora la correntada más bravía. Al ser bestia poco paciente, pecó de ansiosa y se largó a cruzar. No pudo con la correntada que lo arrastró río abajo. Desembocó en una playa, de la que había escuchado hablar. Era aquel lugar territorio de anaconda. Pariente obvió la leyenda y caminó por ahí como perico por su casa. Pronto estuvo cara a cara con anaconda, que a lengua afuera se le plantaba enfrente. Pariente no era de los que se echan pa’ atrás, plantó sus cuatro pezuñas en la arena y esperó firme la arremetida de la bicha aquella. Pariente fue tragado en un santiamén, pero nosotros recordamos su proeza, pues dio empache a aquella víbora y le dio muerte desde dentro.
Capibara

martes, 21 de mayo de 2013

Perro


Lanzaron alaridos los perros, deambulando alrededor, olfateando sangre. El hombre gimió de dolor mientras se escarbaba la herida, logrando desenterrar algunos perdigones de su abdomen. Levantó la cabeza para ver, a unos kilómetros, las antorchas parpadeantes del pueblo. La lejanía era tal que nunca llegaría arrastrándose y por más que quisiera, gritar no podía. Contempló impotente las sombras de los hombres en la entrada del pueblo. Un chispazo de lucidez lo hizo recobrar la fe. Amistosamente extendió su mano a los perros, que moviendo su cola se acercaron. Cuando el más flacucho estuvo lo bastante cerca, el hombre lo
cogió con su mano hábil y clavó los dientes en su vientre. El perro aulló de dolor. Su grito fue tan estruendoso que los hombres del pueblo lo advirtieron. Pronto llegaron al lugar para encontrarse con la figura diabólica del hombre, que cual bestia, seguía hincando sus fauces en el vientre desgarrado del pobre animal. Sin dudarlo, dispararon sus escopetas.
Juan Páramo

martes, 14 de mayo de 2013

Los anzuelos


El idiota miraba impasible a los transeúntes bajando a la escollera. Se contentaba observando a los pescadores, cómo éstos recogían sus tanzas velozmente, a veces trayendo un pez consigo. El brillo de los anzuelos lo encandilaba, le atraía más que cualquier cosa. Ni siquiera la lucha incesante de la bestia por librarse del anzuelo lo colmaba tanto de asombro. Cuando algún pescador se distraía, el idiota aparecía y tomaba sus anzuelos. Los olía, los sopesaba, los miraba como si fueran oro, hasta que advertían su presencia y era echado a gritos y a patadas. Se alejaba y acurrucado contra una roca, contemplaba anzuelos a la distancia. Cierta tarde invernal un anciano pescador fue atacado de convulsiones, sus compañeros fueron a asistirlo. El idiota, con la lucidez que da la picardía espontánea, recogió todos los anzuelos y uno por uno se los fue incrustando en la boca, sin indicio alguno de dolor. Cuando todos estuvieron colocados, desde una roca se lanzó al agua, hundiéndose como plomada.

Elugo

martes, 7 de mayo de 2013

Un mensú


Un mensú, a fuerza de machete, arriba a un claro de selva. Decide un descanso. Duerme sentado, apoyando la cabeza en su fusil. Un disparo a lo lejos y la selva, escupe pájaros al cielo. El mensú despierta de golpe y su fusil se dispara accidentalmente. La bala va a parar al tórax de otro mensú amigo que saludaba a la distancia. El mismo que disparó antes. “¡Ja’o!” El mensú a la deriva, ha dado muerte a un amigo. Resta tomar la canoa y empujarla al río, montar en ella y contemplar absorto el cielo, ahora ennegrecido. Su última esperanza es que al pisar orilla una serpiente muerda con vehemencia su pierna e inunde de locura sus horas finales.

Podeley 

martes, 30 de abril de 2013

Se levanta


pinta el cielo la gota
pinta el alma y rebota
cae
se sucede
pasa
se levanta

mira el cielo la rota
mira el alma y entona
canta
se arrodilla
reza
se levanta

pisa el cielo la bota
pisa el alma y la azota
duele
se estremece
sufre
se levanta

rima el cielo la nota
rima el alma y brota
cae
se sucede
sufre
se levanta

                      Elugo

martes, 29 de enero de 2013

Oi (Parte I)


  Me cortabas el pelo. Yo te tocaba las piernas y te preguntaba porqué te las habías depilado. Para estar más prolija me decías, luego “qué lindo te dejé” y me diste un beso. Te dije que otra lo iba a aprovechar, que vos te jodías. Reíste.
  Las dejé en la ruta, a vos y a tu amiga y empecé a caminar rumbo a Pantano. Me frené en la primer parada de ómnibus, me pesaba el bidón de 3 litros de agua y el bolso naranja de comida. Probé “fazer carona”, como le dicen acá a hacer dedo. Es curioso observar cómo la gente busca maneras sutiles de comunicarte disimuladamente que no quieren llevarte. La típica seña de que van llenos ó, la que nunca falla: doblo ahí nomás. Los que viajan solos con mucho lugar para llevarte simplemente te evitan. Pasan y ni siquiera te miran, hacen como si estuvieran ocupados en algo: miran el espejo retrovisor o se meten un dedo en la nariz.
  Cuando pasó el ómnibus me lo tomé. Bajar en Pantano fue como volver al pueblo natal. Caminando por la rua principal reconocí caras e impartí muchos ¡Ois! Sabía de una cabaña que alquilaba quartos, fui para ahí.
  Bajé a la playa, bordeé los barcos de pescadores estacionados en la arena y subí a la vereda de la costera. En la cabaña no había nadie, estaba todo cerrado. Dejé la mochila y las demás cosas en el piso y descansé. El color del mar, sombreado por los morros al atardecer es impresionante, aún estando nublado. Busqué a quién preguntar. Me dio pereza acercarme a unos pescadores. En eso, salió el vecino de la casa contigua y le pregunté si sabía algo. Me dijo que había una pareja de argentinos o uruguayos quedándose ahí, que los había visto temprano, que debían haber ido a la praia. Agradecí y volví hacia donde estaban mis cosas. “¡Amigo!” me gritó “la donha da casa mora arriva”. Subí entonces por el caminito de detrás de la cabaña. Había una escalera que llevaba a una especie de casita del árbol. Arriba grite ¡Oi! y escuché un eco sobre mi cabeza. Apareció una señora veterana de pelos violáceos y aspecto maniático, empastillada hasta el temblequeo. Me fui porque me pareció muy caro y me incomodó la vieja.
  Fui al cyber del pueblo y estaba cerrado. Era domingo. Pasé por el bazar de unas conocidas y no estaban. Pregunte ahí si conocían de alguien que alquilara cuartos. Un señor moreno y panzón me habló de una posada. Le dije que era muy caro y me fui. Al salir lo escuché decir “muito caro já, é o mais barato que vai a conseguir”.
  Bajé de nuevo a la playa, caminé en dirección opuesta rumbo al barcito donde trabaja un tocayo compatriota. Lo vi ocupado hablando con unos comensales y no quise molestar. Seguí caminando un poco desesperanzado.
  Llegué al último puestito de la playa. Por suerte ahí estaba L.a. que me presentó a su madre uruguaya y a un amigo suyo. También conocí a la dueña del puesto, una argentina muy buena onda. L.a. es un MC (rapero) de la isla que conocí hace un tiempo. Hijo de padres uruguayos, habla español perfectamente. Ahí les pregunté por trabajo y por un lugar para quedarme. Mientras hablábamos, comí una torta frita. Fue como trasladarme a Uruguay por una milésima de segundo. En eso apareció Delia, una vivaz veterana que me habló de un albergue en Costa de Dentro, “O albergue do pirata”.
  Hasta ahí caminé, acompañado de L.a., su madre y su amigo. Me ayudaron a cargar las cosas gracias a la insistencia de la madre, que les dijo que no fueran maleducados. Con ella hablé mucho de Uruguay y de la película. Ya no sé cuantas veces he contado sobre la película. Muchas y en diferentes idiomas, todos los que sé. Me encanta observar las caras de desconcierto o aceptación cuando escuchan sobre el título. Cada vez me convenzo más de que se tiene que llamar así.
  Me despedí de L.a. y su gente, les agradecí montones y le dije que mañana pasaba por su casa. Subí por una callecita y a unas cuadras di con el hostal. Ya era noche y me quedé acá…

Elugo

martes, 18 de diciembre de 2012

Tarariras


  Distan los pies del hombre de la superficie del río. Su cuerpo termina de balancearse al son del canto de su hijo. “Pica, pica tararira” canta en susurro el niño. La tararira es conocida mordedora, entregada al placer de corroer la mugre entre las uñas del pie. Los viejos lo saben, por eso gustan de mecer sus pies debajo del agua, así los peces hacen su trabajo. Hoy no hay viejos. Sólo el padre, el hijo y el muelle. El pie del hombre empujado por el viento traza figuras efímeras en el lienzo calmo del río, mientras el monte, con su oído absoluto, escucha sombrío el tronar de los pájaros. El niño canta, su padre ya no lo escucha. Reposa inmóvil sobre las tablas roídas del muelle, sus piernas colgando sobre los buitres de agua. Ya sea por aburrimiento, por desgano o a falta de escuchas, el niño deja de cantar. Asoma su cabeza al borde del muelle para contemplar la indiferencia de las tarariras, que lejos de ocuparse por la vida de quien cede sus pies, muelen la suciedad con entusiasmo.

Elugo

martes, 28 de agosto de 2012

Los actores. Parte I.

 Un actor en escena. Un personaje. Una persona. Desfigurado y transmutado en una emoción primitiva, casi extasiado en el juego. Sobre las tablas la muerte llora. Se escapan sus presas. Ríen en su cara.
 Abandonada en un éxtasis ella ríe histéricamente, como hace la hiena ebria de alegría. El mundo a su alrededor se ha extinguido. Sólo existe ella. Los aplausos la ensordecen. Sigue riendo. Baja el telón. Baja ella del escenario. Se desarma en llanto. No quiere ser consolada.
 Los mellizos siameses se acercan, siempre tan amables. Ella rechaza a los dos con igual  entusiasmo. Ellos sonríen y al subir al escenario tallan su rostro con una expresión de maldad pura. Arriba son agentes del caos. Abajo son simpáticos y agradables.
  Sobre las tablas inspiran miedo. Son maldad pura y duplicada. Tienen de punto al pobre Aníbal, un ser tan sumiso y dócil como un borrego cualquiera. Se deleitan haciéndole pasar un mal momento. Pobre Aníbal. Lo ridiculizan y humillan hasta el extremo. Él acata las bromas cabeza gacha, sin protestar. No llora. Engulle el llanto y cría rencor.
 Abajo Aníbal es una verdadera mugre de persona, un ser despreciable. Ególatra y dominante. Camina con cierto halo autoritario, casi militar. A los pobres mellizos siameses les hace la vida imposible. Como son jóvenes, los obliga a hacerle todo tipo de favores. Dichas escenas de explotación conmoverían hasta el más duro de los corazones, pero los ojos de la reina glacial se mantienen inmutables.
 La reina glacial es una actriz veterana, de esas de oficio. Arriba toda emoción. Abajo una frialdad desalmada. Es como si las tablas le robaran toda pizca de vida y sentimiento que flota dentro de ella. Sobre las tablas, condensa los sentires de la humanidad toda, conmueve a un pueblo. Debajo es distante, despreocupada e indiferente, no genera empatía en nadie. Parece que vive pura y exclusivamente para el teatro.
 Por eso Héctor la quiere tanto, admira a una actriz tan dedicada. Pese a la confluencia de estas personas de distinta índole, la obra marcha bien bajo su conducción y la convivencia se hace llevadera bajo sus concilios manipuladores.
 Noche a noche, la crítica se deshace en elogios y las manos de los espectadores terminan maceradas de tanto aplauso. Héctor sonríe plácidamente anta cada bajada de telón. Una gloria pícara se cuela entre las comisuras de sus labios. Que más pedir para un director.
 Pero no todo fue color de rosas. Fueron 6 años de arduo trabajo. De idas y venidas. De cambios y recambios, escrituras y reescrituras, despedidas y despidos, bienvenidas y mal llegadas.
 Todo empezó cuando la vida misma llegó a sus manos. Llife itself era su título original. Esa noche Héctor no pudo despegar los ojos del papel. Leyó y releyó la obra una y otra vez. Leía en voz alta, sumido en una especie de trance fantástico.
 La consagración reposaba en sus manos, la oportunidad de mostrar cuanto talento había en él. Sabía que estaba ante la obra de su vida, no podía perder más tiempo. Debía ya mismo buscar a los actores que dieran vida a esos personajes…
Elugo

martes, 21 de agosto de 2012

Apología del Tilde. Parte 1.

¿donde quedaron los tildes?
 Félix se levantó temprano a la mañana. Preparó su mate y se largó a la calle. Afuera, por sobre un manto de hojas de otoño, saboreó el mate sin mucho entusiasmo. Pasó por un kiosco y compró caramelos de “mburucuya”, así los pronunció él y el atento quiosquero lo corrigió “mburucu-yá”, cosa que le extrañó pero no le hizo perder el paso.
 Llegó temprano al teatro, ninguno de sus compañeros estaba todavía allí, así que se dispuso a repasar el texto. Daba vueltas sobre el escenario enunciando las líneas de su personaje. Pero algo le resultaba raro. Todas sonaban igual. El personaje que hasta ayer estaba vivo, ahora había perdido toda su vitalidad, de su boca salían únicamente vocablos insulsos. Sus palabras habían perdido fuerza. ¿Qué le pasaba a Félix? Él mismo se sentía extraño, el texto que antes le parecía una genialidad, ahora se presentaba como una bazofia insufrible. Por más esfuerzo que hiciera, el texto siempre sonaba igual, desprovisto de gracia, de energía, algo estaba faltando, no sabía qué. Entró a desesperarse, detrás del telón, se encontraba Marta, la limpiadora, barriendo y desempolvando las cortinas. Le pidió que lo escuchara y le dijera que estaba haciendo mal. Para Marta fue una tortura escuchar a aquel hombre ensayar esa escena, y es que la imagen que inspiraba éste, era patética, daba vergüenza ajena. Parecía que se había olvidado de cómo entonar ciertas palabras, sus frases poco acentuadas parecían dichas por alguien con dificultad en el habla. Félix no era el personaje, se asemejaba a un telemarketer leyendo la guía telefónica, de forma tan neutra y aburrida que no entusiasmaba a nadie. Gracias al sexto sentido que desarrollan los actores, ese que les permite percibir hasta la mínima expresión de incomodidad ajena, Félix se detuvo. La pobre Marta suspiró de alivio.
 “Yo no sé nada de estas cosas…” dijo Marta humildemente “pero a usted le está faltando energía… dice todo igual…”.
 “Expliquese Marta…” casi la retó Félix.
 “No sé… es como si usted no aprendió a hablar bien, no dice bien las palabras, las dice sin gracia” agregó ella.
 “Usted no sabe nada de teatro…” murmuró Félix alejándose de Marta. Salió afuera a fumar un pucho. Pisó un sorete. Quiso putear a lo alto. Gritó, pero su grito fue poco acentuado. Una madre y un niño pasaron junto a él, ella educando a su hijo “Así no se putea Julián, cuando uno insulta tiene que hacerlo con ganas, con odio y con rabia… repetí conmigo: ¡Hijo de puta!”.
 Félix se frotaba su estresada sien, en la cual residían pensamientos monocordes, todos de un mismo tono. Contempló su imagen en el reflejo de un ventanal y se notó apagado, sin color.
 Marisa lo saludó efusivamente. Félix respondió a desgano, o eso pareció. “¿Qué te pasa? ¿Estás bajón?” le preguntó ella. “No, estoy lo mas bien” contestó él. “No se nota...” observó Marisa.
 En eso llegó Ramiro, que de por sí era un ser gris pero hoy se lo notaba más insulso aún. “¿Se enteraron?” preguntó sin saludar. “¿De qué?” respondieron a coro Félix y Marisa. “Venia escuchando por la radio, hay un nuevo virus en la vuelta… te ataca directamente las cuerdas vocales y la gramatica personal, empezas a hablar de otra manera, sin tildes, sin frases acentuadas… me parece que me lo agarre…”
 Marisa dijo “Pero vos siempre hablás así” y Félix agregó “Me parece que yo también me lo agarré”. “Me siento en una peli uruguaya…” comentó Marisa.
 “Ja Ja Ja” ríeron de forma depresiva Félix y Ramiro. “…parecen los típicos uruguayos, que este virus haya atacado justo este lugar es medio irónico ¿no?” acotó ella.
 Félix hizo que escuchaba pero no escuchó, se mantuvo pensante, imaginando como recobrar su antigua energía vital, esa chispa que lo caracterizaba… se despidió sin hablar, ya no quería hacerlo, y se fue pensando ¿donde quedaron los tildes?
Elugo

martes, 24 de julio de 2012

La valija del abuelo I.


  
  Esta valija era de mi abuelo.
  Un día llegó a casa, se la mandaban a papá desde Manaos, Brasil.
  Viajó kilómetros para llegar hasta casa, pasó por las manos de mi abuelo, por las manos de algún indio, entre las patas de algún animal salvaje, por las manos de un campesino, por las manos de un anticuario, por las manos de algún funcionario de correo (uno brasilero y otro uruguayo) y después llegó hasta las manos de papá.
  El remitente era un tal Pedro Ramaes, en la carta que acompañaba la valija nos contaba que era un anticuario. Que un campesino le había vendido la valija y las cosas que había allí dentro por unos pocos reales. Una verdadera ganga. Investigando el equipaje pudo dar con el nombre del abuelo y mediante una carta que éste había escrito y había guardado en la valija, pudo dar con la dirección de nuestra casa. Creyó conveniente enviar la valija a quién verdaderamente pertenecía.
  El día que llegó papá no nos contó nada, pero lo vi más triste que de costumbre.
Poco sabría sobre el abuelo Carlos si fuera por papá que sólo me había dicho que era fotoperiodista y camarógrafo. Papá no hablaba mucho de él. Yo nunca lo conocí, para cuando yo nací, él ya estaba desaparecido… no sé sabía si muerto o no. Las cosas que supe de él las supe por mamá… papá, cuando le preguntaba sobre su padre, se ponía tosco y huraño y huía a las preguntas, no decía mucha cosa.
Mamá me contó que se habían peleado y que nunca más se volvieron a hablar, pero que el abuelo le mandaba cartas, fotos y algunas películas de sus viajes. Por eso se pelearon, porque el abuelo era un hombre inquieto, curioso… un solo lugar no le bastaba, él quería conocer el mundo entero. Conoció Europa, Asia y África… recorrió toda América… finalmente llegó a Brasil y ahí encontró su fin o quiso desaparecer. No se sabe.
  Papá al principio leía sus cartas pero después fue como que desistió en la idea de tener un padre. Es que nunca lo sintió como tal, su papá siempre fue alguien que estaba de paso en su casa. Era como un invitado, un huésped temporal, pocas veces hizo de papá.
Si fuera por papá las cartas del abuelo hubieran terminado en la basura, pero desde que era chico mamá me las leyó. Yo escuchaba fascinado cada palabra de aventura del abuelo y miraba como hechizado las fotos y películas que mandaba. El abuelo era mi héroe, en la escuela siempre que había que escribir sobre alguien o inventar un cuento… hablaba sobre él. Quería ser como él, creo que soy un poco como él. Lo siento en el cosquilleo intermitente que me mantiene inquieto, con la necesidad de moverme de un lugar a otro.
  Cuando aprendí a leer y a escribir empecé a contestar las cartas del abuelo. Igual hasta de grande seguía escuchando el relato de sus viajes en boca de mamá, me había acostumbrado a su voz narradora.
  Contestaba todas sus cartas, no todas llegaron a destino, era difícil localizar al abuelo, se movía mucho y muy seguido. Supe que algunas le llegaban porque pronto sus cartas empezaron a estar dedicadas y dirigidas a mí… “A Nahuelito”. El abuelo era un tipo terco e insistente, como mi padre. Aunque las cartas estuvieran dirigidas a mí… siempre terminaban con un “decíle a tu papá que lo quiero mucho… que me perdone… mándale un beso grande a él y a la divina de tu mamá”. Ni bien terminaba de leer esto, corría hacia el taller de papá y le mostraba lo escrito. Él nunca me prestaba atención y seguía trabajando, serruchando madera. A lo mucho me chistaba y me decía que no lo moleste.
  Con el abuelo mantuvimos la correspondencia durante algunos años, desde los 6 hasta los 10. Por medio de esas cartas lo llegué a conocer de verdad, supe que admiraba a Robert Frank y a Louis Armstrong, supe que amaba a las mujeres por sobre todas las cosas (siempre me hablaba de una diferente), supe que tenía la piel sensible y se quemaba seguido (por eso siempre en las fotos salía con su característico sombrero), supe que era feliz viajando y conociendo gente (gente que conocía yo también porque siempre me contaba de un amigo nuevo), supe envidiar su vida aventurera… pero tampoco quería decepcionar a papá. Supe odiar al abuelo y dejar de contestar sus cartas. Supe aprender el oficio de papá, dejar de estudiar lo que me gustaba: antropología y dedicarme de lleno a la carpintería. Supe dejar de ver al abuelo como alguien a quien admirar y empecé a verlo como lo veía papá: como un viejo loco que nunca maduró.
  En el 98’ recibí la última carta del abuelo, hacía 3 años que no contestaba sus cartas, igual él perseveraba y me seguía escribiendo. Venía dentro de la valija, junto a sus otras pertenencias: su cámara súper 8 junto al proyector, algunos rollos de películas, su vieja leika, su diario de anotaciones, su sombrero y unas cuantas fotos viejas.
  En ella, su última carta, contaba que hacía un mes se encontraba conviviendo con los Uru Eus, una tribu del amazonas. Decía que se estaba muy bien ahí… con esos hombres desprovistos de civilización, con esos seres en armonía con la naturaleza… por las cosas que decía se lo notaba cómodo en ese lugar… eso fue lo último que supe de él. Engrampada al papel venía la que sospecho fue la última foto que se sacó. En ella estaba junto a su amigo Tari, el jefe de la tribu.
  Hoy, ordenando un rincón del taller encontré la valija. Todo en ella está intacto, me acuerdo que después de leer aquella carta, puse fin a su ausencia, a su existencia toda. Me olvidé del abuelo y seguí con mi vida. Ahora su memoria me atrapa de nuevo. La valija está como estaba hace 14 años. Tomo la carta y la ojeo de nuevo. Miro la foto del abuelo y Tari. Saco su sombrero, lo limpió de polvo y me lo calzo en la cabeza, ahora cabe en ella y a la perfección.
  Algo se quiebra dentro mío, la ilusión aparente de que todo está bien. La figura del abuelo siempre funcionó así, como recordatorio de que la rutina, la costumbre y la quietud arruinan al hombre. El recuerdo del abuelo me atraviesa de lado a lado, calza hondo en mi interior. Todo lo que creía seguro se desvanece en un instante. ¿Esta es la vida que quiero? Seguir los pasos de mi padre… y terminar amargado y abatido como él ¿Dónde quedó mi sed de aventuras? Hace mucho que no río y no me divierto, casi no veo a mis amigos. ¿Con Carolina estoy bien? ¿Qué es estar “bien” si se puede estar mejor? ¿Por qué justo hoy encuentro esta valija? ¿Significará algo?
  Desempolvo el proyector y los rollos. Descuelgo el pizarrón de tareas de la pared, dejándola desnuda, limpia. Sorprendentemente el proyector anda. Veo las películas de mi abuelo. Imágenes de la selva, de hombres de otro tiempo, de sus sonrisas y gestos puros, alejados de toda pose civilizada.
  ¿Esto es lo que quiero ser? Un ser angustiado… necesito algo más, necesito aire, siento que me ahogo entre el polvo y el aserrín de este viejo taller en ruinas. Esto es mi padre, no soy yo. Yo soy en parte el abuelo. Mamá me entendería. Tengo que hablar con ella, decirle que me quiero ir. Adónde, no sé. A Brasil, al abuelo, a su huella. A mi nariz de indio, siento que entre ellos me entenderían. Mañana me voy, ni un día más, está decidido.
Elugo

martes, 10 de julio de 2012

Hombre Tren


Le gustaba ir a ese barzucho a apuntalar el vicio. “Apuntalar”, verbo que le encantaba por musical y certero. “La bebida es perra…” le había dicho un viejo cantinero “…la mejor amiga del hombre”. “Del hombre melancólico…” le había faltado agregar.
Caminaba resguardado del frío en su viejo chaquetón, aquel bordado con un montón de parches para evitar que el viento se cuele sin permiso por los agujeros. Bordeaba las vías del tren, el bar quedaba dos cuadras más allá de la estación central.
Desde pequeño tenía cierta fascinación por lo trenes; “El Borda” (un amigo del barrio) sostenía que esa misma fascinación lo había convertido en el cocainómano empedernido que era ahora. “Lo tuyo es como más abstracto…” le decía “…ves unas líneas y las tenés que seguir”.
Tenía razón, siempre, como embobecido, tenía que seguir los rieles. Para colmo, su casa de toda la vida quedaba a cinco cuadras de donde pasaba el tren. Miles de veces salió de su hogar con un rumbo fijo pero al ver las vías de tren, su sangre hervía y preso de una fuerza incontenible, se veía obligado a desviarse del camino, a olvidar completamente hacia donde iba y cuando quería acordar se encontraba caminando (de nuevo) junto a los rieles.
A veces bastaba el silbido del vapor a la distancia para que en su cabeza aparecieran vías. Ni bien digería el sonido, tomaba cualquier abrigo (porque siempre hacía caso a su madre y salía bien abrigado) y salía rumbo a la estación.
A los doce años, cuando escuchó “Jacinta” por primera vez y escuchó a Mateo decirle que se apure porque se le iba el tren, no lo dudó dos veces, tomó su campera y enfiló como un rayo hacia donde corre el tren.
Bastaba la imagen de un tren, en un libro o en la tele, para salir disparado hacia los rieles. Recordaba muy bien que cuando lo llevaban en auto a la escuela y tenía que cruzar inevitablemente la vía, si su padre había calculado mal el tiempo y la barrera estaba baja, tenían que luchar abiertamente. Su padre durante un tiempo lo pudo controlar. Cuando chico, lo lograba neutralizar fácilmente. Era sostener con una mano el volante y con la otra a su hijo, mientras éste pataleaba y en ocasiones, se daba la cabeza contra el vidrio. Cuando la barrera finalmente subía, su padre aceleraba con tal fuerza que el auto iba escupiendo nubes de polvo por detrás. El niño, al dejar de ver las vías, giraba su cabeza hacia delante, hacia el horizonte y con los ojos llorosos, degustaba la angustia de no haber cumplido su deseo. Ni bien fue creciendo se hizo más fuerte y la sola mano del padre no bastaba para frenarlo. Se escapó muchas veces del auto y corría como una caballo desbocado al compás de las vías.
Ahora de grande, caminaba, bordeando las vías del tren. Las miraba como quien contempla una pared en blanco, como si ésta significara más allá de lo que es. Llegó al andén de la estación. En el correr de un minuto observó por última vez sus pies sobre las vías y enfiló hacia el barzucho, dejando las vías atrás, pisando calle y vereda.
Un cartel que decía “…AR” lo recibió, la B faltante hacía de barra para un borracho que chupaba vino cortado con frío afuera del bar. Saludó con un gesto de cabeza, quien se cría en barrio sabe que por respeto siempre hay que saludar, aunque no se conozca. El borracho ignoró el código barrial, estaba tan distraído sonriéndole a la luna (a través de su botella) que ni se percató de que alguien pasó a su lado y lo saludó.
El hombre tren ya estaba adentro, emborrachándose de humo de tabaco y del vapor humano que emanaban las otras locomotoras humanas.
El Borda lo saludó con la mano desde la puerta del baño y con la misma lo invitó a entrar.
Ahora en el baño aspiró con fuerzas, sobre el espejo acostado sobre la pileta, un tramo de vías blancas que la humanidad del Borda construyó para él. La revolución industrial comenzaba, a falta de carbón negro, el hombre tren se contenta con nieve blanca mientras prende un pucho, silba humo y transpira vapor.

Elugo

martes, 3 de julio de 2012

Sandor Krasna


“He de confesar la verdad sobre mi hermano, no es que haya cedido a librarme de ésta por unas cuantas monedas de oro, sino que sé que fuerzas más poderosamente peligrosas me están observando.
Al pie de una pirámide, donde el Nilo moja con su cauce la llanura desértica, bajo los ojos de una majestuosa y estricta esfinge, se dio el encuentro entre aquél sacerdote y mi hermano Sandor Krasna.
Sandor rogó al sacerdote que le sea otorgado aquel talento divino que dota a los insignificantes hombres de una percepción sonora tan exquisitamente delicada como la del búho y de una agudeza visual comparable a la de los felinos.
Así Sandor fue hombre mitad búho, mitad gato, pero tuvo que abandonar su memoria a cambio.
El sacerdote saboreó gozoso el intercambio, sabía que al reunir todas las memorias de los hombres, la suya quedaría al fin sabiamente anestesiada.
Sandor se compadeció de sí mismo, su pasado le había sido arrebatado en un trueque injusto. Pidió al sacerdote que al menos le dejara las imágenes de ese pasado.
El sacerdote con mirada altiva y soberbia tomo su bastón y rozó la sien de aquél hombre-búho-gato. Un torrente de imágenes, a manera de un tormentoso espiral danzaban en la cabeza del desgraciado hombre sin pasado.
Sandor partió de aquel lugar para percibir al mundo con sus nuevos dones y en el camino fue construyendo la leyenda de su pasado, moldeándola en un caótico orden.
Qué maravilloso placer le causó el descubrimiento de ese aparato que “todo lo recuerda”, lo contempló extasiado y cuando filmó por primera vez y luego observó lo que había filmado, se sintió en presencia del propio recuerdo de su memoria.
Así es que este ser va creando las leyendas de sus momentos, observa atentamente, escucha con cautela. Tiene la ventaja de tener de aliada a la cámara, que recuerda todo lo que percibe.
Así, se ha propuesto desentrañar y descifrar los enigmas de este infinito mundo y se ha dado cuenta de que sólo llega a dar con la superficie de los mismos. Pero no se rinde, es su espíritu curioso el que lo impulsa a seguir y encuentra regocijo en dicha búsqueda, juega con los símbolos de su memoria, los atrapa y los decora como insectos que se echan a volar sobre la cabeza de Cronos y a los que puede contemplar desde el exterior mismo del tiempo, la única eternidad que nos queda.
Él, ahora sólo sabe esperar y el planeta, por sí sólo, pondrá en escena el trabajo del Tiempo. Es su deber en ese momento inspirarse en las manualidades del reloj de arena, adentrarse en cada una de ellas, ser ellas, impregnarse intensamente de las mismas y de esta manera recordarlas tal cómo las absorbió en aquel instante.”
Jensur Krasna 

Sans Soleil (Chris Marker, 1983): http://www.youtube.com/watch?v=2d4_YKpMQLc

martes, 26 de junio de 2012

R de pRoblema


El gran drama de mi vida se basa en la deformidad de mi lengua. Me es imposible entonar las Erres (R) con la debida intensidad.
Perro, Raro, Ferrocarril, Risa, Arroz son algunas de las palabras que trato evitar a diario para así ocultar mi discapacidad.
Encima no es reconocida oficialmente como una discapacidad, por lo tanto se me puede discriminar e insultar con total comodidad.
Y para colmo soy Otorrinolaringólogo. Se imaginarán qué desgraciado es el momento en que alguien me pregunta por mi profesión, tengo que agachar la cabeza y murmurar por lo bajo “Soy otollinolaringólo”.
A veces me excuso y digo que soy “Collentino”, pero como no soy buen mentiroso, se nota a la distancia que no digo la verdad.
Incluso cuando escribo trato de evitar palabras hoRRorosas.  “Raramente el reacio rinoceronte ronronea rodeando ramas” es una frase que nunca encontrarán en mi diario personal.
En mi lengua radica mi ruina, si pudiera saborear las Erres como se debe, no estaría solo y deprimido como lo estoy. Porque lo cierto es que no queda muy seductor decirle a una mujer que está llealmente lladiante. Nunca me entienden el piropo y casi siempre me insultan y se marchan de repente.
Sigo yendo al foniatra, mi profesora me obliga a comer yogurt y a ejercitar mi lengua. Me paso horas y horas rellenando cuadernos de palabras con erres y practicando en voz alta, para tortura de mis compañeritos (porque son todos niños) que se renuevan, semana tras semana, porque la mayoría aprende a hablar correctamente. Malditos seseosos que se hacen los malhablados por placer, no entienden lo que es sufrir, ser un monstruo, un bicho raro incapaz de pronunciar sus propias rarezas.

Roberto Rojas

viernes, 15 de junio de 2012

El oficio secreto de los niños


Llegué a la ciudad a eso de las seis. El sol ya amagaba irse. El tren me escupió en el andén junto a otros somnolientos recién llegados. Miré a los que bajaban conmigo, me vi en sus caras de rostros amargos, expresiones serias, aires de importancia.
Una sonrisa me encandila, me cuesta acostumbrarme. El botija alcanza bolsos me recibe alegre, me ofrece un buen día y contesta amablemente a mi pregunta ¿dónde conseguir puchos?
“Pura coincidencia” me encuentro diciendo mientras le doy una propina. Me percato de que no correspondí el sonreír ni una sola vez, algo me pasa, a mí y a los que bajaban conmigo. ¿Por qué me resulta raro encontrar una sonrisa? ¿Me olvidé de cómo sonreír? ¿Cómo sonreír? Contemplo mi reflejo en las ventanas de los vagones marchantes, me veo gesticular, arquear mi boca en forma de sonrisa, me cuesta enormemente amoldarla, no puedo. Intento con mi mano, pulgar e índice sostienen la mueca. Nada. No sonrisa. No puchos.
Acto seguido sigo las indicaciones del botija de los bolsos, siga derecho, doble a la izquierda, frente a la garita hay un kiosco, quinientos ocho pasos para ser exacto. Los cuento, como de costumbre. Desconfío del muchacho alegre. No miente. El kiosco existe.
Cigarros. El hombre me saluda y me comenta el buen tiempo. Canta sus palabras al compás de una risa. Gracias digo serio. Merece dice el hombre risueño. Pago y me voy.
Dos coincidencias en un mismo cuarto de hora, dos personas felices en un rango acotado de quinientos ocho pasos a la redonda. Esto debe ser un sueño. Me pellizco. No es sueño, sonrío, pero por dentro; mi cara, por fuera, petrificada.
Enfilo para el barrio, para mi vieja casa, me cuido de no levantar la vista, cuento las baldosas. Ya extraño a los que bajaban conmigo. Estos nuevos sonrientes no son quiénes recordaba. Cómo ha cambiado mi ciudad.
Ochocientas veinte baldosas separan al hombre risueño de mi casa. Tomo nota. Todo dato es importante. Golpeo metódicamente el zaguán. Un, dos, tres golpes. Todos en su correspondiente compás.
La perfección es buena, hace de las personas gente seria, importante. Como mi padre. Siempre tuvo un halo de autoridad y eminencia. Pocas veces lo vi reír, quizás eso me marcó a mí. Me acostumbró a las ausencias de risa. Me enseñó que en la vida, cuanto más aire sufrido, más digno se es. La dignidad fue la escultora de su rostro petulante. Nunca caer en ridículo, nunca pifiar y caer en sonrisas. Nunca una complicidad amiga. Ostentación de prócer siempre.
Un buen día Alfonso y una sonrisa me despiertan del trance, al que siempre nos sumimos las personas inteligentes. Esos trances que te estampan en la cara expresiones bobas, no importa cuan compleja y profunda sea la meditación.
Ya caí de nuevo. Mi viejo me da una cachetada. “Despertá bobeta” me dice al tiempo que ríe. ¿De qué te ríes padre? ¿Este es mi padre? No corresponde con la descripción previa de mi decente y buen hombre padre. Cómo ha cambiado mi padre.
Otra cachetada. Otra carcajada. ¿De qué te ríes padre? “Entra que hace frío”. Quiero sonreír pero no puedo. Es como si hubieran inyectado cemento en los músculos de mi cara. El rostro se mantiene tenso, en una expresión constante, cosa útil para las mentiras y el póker.
Me saca el bolso de las manos y me empuja puerta adentro. La cierra. “Sentite como en tu casa” dice al tiempo que entramos en la sala. Lo observo serio, no entiendo el comentario, ¿cómo hacer para sentirme como en casa si ésta es mi casa?
“¿Qué te pasa? ¿Te tiene estresado el mambo capitalino? Relajáte, estás en casa” dice buscando una complicidad que no puedo darle. Estoy cansado. Tan cansado que no respondo. Si al menos pudiera sonreír.
Me echo en un sillón que a duras penas me resulta cómodo. Padre busca algo. Vino, dos copas. “Esto reaviva a un muerto. La tengo guardada desde que te fuiste” sonríe y sirve las copas.
Empina la suya y con sus ojos invita a que lo acompañe. Bebo. Calor en la garganta, en el pecho, da media vuelta y escala hasta la frente.
“Cómo ha cambiado la ciudad, padre” digo.
“¿Qué pretende señorito? Hable bien, no como en las novelas” responde con gracia que yo no encuentro; viejo obstinado, hice una observación perfectamente atinada.
“La gente no parece la misma… te veo cambiado” agrego.
“La gente no es la misma, la gente ha cambiado. Para bien” responde.
“La gente habrá cambiado, pero la ciudad parece la misma. Parece estancada en el tiempo ¿qué pasó con el centro comercial que iban a construir?” pregunto.
“Es todo mérito de la nueva alcaldía. Sus métodos son efectivos, cuestionables pero efectivos” contesta.
“Pero ¿y el centro comercial? Si es tan buena la gestión ¿cómo es que la ciudad no crece hacia fuera?” retruco.
“Porque el alcalde cree que primero hay que crecer hacia dentro, ya vas a ver…” asevera curtiendo un trago.
El “ya vas a ver” queda rebotando en mi cabeza. Padre sirve dos copas. Padre bebe. Bebo. Pasamos un breve tiempo degustando el silencio, junto al vino. Padre sonríe. Cachetes rojizos. Labios morados. Sonrisas que rebotan contra el muro de mi cara.
De pronto un ruido. Algo suena en el patio trasero. ¿Ahora tenemos perro? A padre nunca le gustaron los animales, cómo ha cambiado mi padre. “¿Tenemos perro?” pregunto.
“No, quedáte tranquilo, no fue nada” afirma sereno. De nuevo el ruido. Pasos en el patio trasero. “Alguien anda” advierto.
“Quedáte tranquilo, no pasa nada ¿vino?” ofrece sereno. Me levanto, no puedo soportar la inercia de padre, cómo ha cambiado. Antes, ante la menor advertencia de peligro reaccionaba cómo hacen los hombres, cuchillo en mano y a la guerra. Ahora, es un viejo sonriente que sólo se ocupa por la comodidad de su culo. “Voy a ver qué es” digo. Padre lanza una mueca desinteresada y sorbe su copa de vino.
Prendo la luz de la cocina. Me arrimo a la puerta que da al patio, observo a través de la ventana. Nada a la vista, pero está oscuro como para percibir con claridad algo. Pego mi cara al vidrio. Entrecierro los ojos para ver mejor.
Una sonrisa se pega contra el vidrio. Miedo. Me lanzo hacia atrás. Un niño observa desde el vidrio, inspecciona mi semblante. Es solo un niño, inofensivo. Le chisto para que se vaya. No hace caso. Sonríe. Otro niño se pega contra la ventana. Coincidencia, dos hermanos traviesos.
Un tercero se da contra la ventana. Luego un cuarto, un quinto y un sexto. Y se siguen sumando. De más está decir que debajo de esos niños hay otros que los llevan en sus hombros. Logro constatar que detrás de esos niños pegados a la ventana hay otros más que empujan con vehemencia. Sólo tienen una cosa en mente. Entrar. Contra la puerta, resisto. Lo que puedo. Lanzo miradas serias. Los niños empujan y empujan. Cómo han cambiado los niños, ya no respetan la autoridad adulta.
En vano resisto, caigo de culo al suelo. Una vez abierta la puerta, los niños entran despacio, como adentrándose en tierras desconocidas. Un malón de niños pasa a mí lado, algunos sobre mí. Unos se frenan en la cocina, contemplan todo con caras fascinadas. Sonríen. Una niña toma una olla y la usa de sombrero. Un niño toma un cucharón y tamborilea la caldera. Otro niño toma mi cara y empieza a jugar con ella. Moldea muecas a su antojo. Sé lo que está intentando. Una sonrisa. No lo va a lograr. Y no lo hace, desiste y sigue su camino. Me reincorporo y lo sigo. Llego hasta la sala.
Allí veo a padre entretenido con un par de niños. Toma vino y les hace morisquetas, una niña pequeña escala su espalda como si fuera el Everest. Los niños en la sala cambian todo de lugar, desordenan. Toquetean todo con extrema curiosidad. Tres niños empujan la tele de cara a la pared y la montan como si fuera un caballo salvaje.
“Voy a llamar a la policía, hay que denunciarlos…” grito.
“No los denuncies… es su trabajo” me intenta tranquilizar.
“¡¿Trabajo?! Tenemos más de cincuenta niños invadiendo la casa” me altero. “Tranquilo hijo, es lo normal… ellos vienen, hacen lo suyo, sólo hay que seguirles el juego… divertíte…” me dice al tiempo que le hace caballito a uno de anteojos.
Me siento en el sillón, con cara abatida, siempre seria, contemplo el caos alrededor mío. Una bandada de niños dentro de casa, jugando, desordenando las cosas, dándole usos irracionales a los objetos que toman. Lo raro es que no rompen nada. Quizás tenga que acostumbrarme. Me sereno un poco. La imagen de un niño haciendo muecas sobre la porcelana de un jarrón, de pronto me divierte. Me recuerda a mi infancia. Sonrío tímidamente. Luego suelto una risita, después una risotada y termino en el suelo riendo a carcajadas. Niños se me tiran encima y me hacen cosquillas. No puedo parar de reírme. Papá ríe a carcajadas mientras lanza a un niño contra el sillón grande. Y luego a otro, y a otro. De repente, me encuentro sumido en el caos del juego. Me divierto como nunca antes. Así durante un tiempo.
Suenan las campanas que dan la una. El juego termina. Los niños se detienen, arreglan sus ropas y se marchan ordenadamente por donde vinieron.
Despatarrado en el suelo contemplo a papá sirviéndose vino. Me alcanza una copa. La casa está patas para arriba. Como si nos hubiera visitado un tornado.  “No entiendo” explico.
“¿Qué no entendés?” pregunta papá. Miro a mí alrededor. Papá ríe: “¿Esto? Esto es normal, ya te comenté…”.
“¿Estas son las medidas de la nueva alcaldía?” trato de averiguar.
“Claro. Hay que crecer para adentro, los niños colaboran. Forman el frente de batalla que renueva la capacidad de asombro. Es el oficio secreto de los niños… vienen todos los días, menos los domingos… hacen su trabajo y se van… son cumplidores y efectivos; cuestionables, pero efectivos.”

Elugo

martes, 5 de junio de 2012

VII. La verdad del bufón (Obra "La Verdad")


FRAGMENTO DE “La Verdad”

VII.
La verdad del bufón

El bufón, Pierrot, payaso o como quieran llamarle, se encuentra rodeado de niños que saltan en un pie alegremente. Sólo uno de ellos se abstiene de este juego y se mantiene sentado en un rincón, con la cabeza entre los brazos, sollozando desconsoladamente.

Joven:- Pequeñas mentiras…

Verídica:- Pequeñas e inofensivas mentiras… estamos ante un bufón, en su esencia está el divertir, y para hacerlo, debe mentir… ¡estamos ante un auténtico mentiroso, con sus palabras sinceras y valientes, su magnífica irresponsabilidad, su desprecio natural y sano hacia toda prueba! ¡Uno de los seres más vitales para sus sociedades! ¡Creador de mentiras pícaras, desinteresadas, infantiles, que poseen sus evidencias en sí mismas, cuyo único fin es el de ser mentira! ¡Un verdadero artista de la mentira! ¡El oficio más serio de toda la nación! (aplaude)

Joven:- ¿Por qué tanta alabanza a un simple payaso?

Verídica:- ¡¿Simple payaso?! ¿Acaso no ves lo hermoso de ese ser que vive enteramente para los demás? Su única meta es lograr el goce del prójimo… observa a sus tiernos aliados… despertarían una carcajada en el más amargo de los hombres… ¡Venga! ¡Vayamos a su encuentro!

Verídica sale corriendo y el joven la sigue. A su encuentro sale el bufón con sus risueños secuaces y empiezan a juguetear con los recién llegados. Han tomado al joven de punto, pues su semblante es serio y petulante y el objetivo de estas criaturas es robar risas de las formas más descaradas.

Bufón:- ¡Hola!

Verídica:- ¡Hola!

El bufón se pone a imitar todos los movimientos de Verídica, que participa en su juego felizmente y desafía con sus movimientos al bufón. Mientras, el joven es asediado por los pequeños que le gastan bromas. Verídica y el bufón ríen a costas del joven y estallan en carcajadas cuando éste se enfurece cada vez más.

Bufón:- Niños… ¡Niños, deténganse! ¡Denle un respiro al pobre!

Los niños finalmente se detienen. El joven está en el suelo rabiando. El bufón se acerca y le ofrece la mano para levantarlo, el joven la toma y se electrocuta. El bufón, verídica y los niños estallan en risas. El joven se aleja furioso y se sienta donde encuentra un par, el niño melancólico que contemplaba la escena.

Bufón:- Tu amigo no se toma muy bien las bromas…

Verídica:- Tiene un pésimo sentido del humor…

Bufón:- El más alto de los sentidos…

El bufón y Verídica se sientan enfrentados y los niños se sientan junto a ellos.

Verídica:- ¿Cómo te llamas?

Bufón:- Pagliaci… ¿y usted?

Verídica:- Verídica… ¿y ustedes?

Los niños inventan diferentes nombres. Uno a uno se van acercando a la oreja de Pagliaci, que hace voz de todo lo que le comentan. Pasa un niño…

Bufón:- Verídica, sabía usted que los melocotones crecen más en contacto con la sal…

Pasa otro niño…

Bufón:- Verídica, sabía usted que las nubes son en realidad algodones de azúcar y que son las golosinas de los dioses, si un día está sin nubes es porque los dioses glotones se las han comido todas y si un día es nublado es porque los dioses están empachados…

Pasa otro niño…

Bufón:- Verídica, sabía usted que si uno aguanta durante mucho tiempo la respiración, después de un rato ya no necesita del aire…

Verídica:- Mmm… Lo voy a intentar.

Verídica empieza a contener la respiración, el bufón y los niños sonríen. En eso se acerca el joven de la mano del niño de cara melancólica, Verídica ya no puede más y su cara está roja e hinchada…

Joven:- ¿Y de tu hijo no te vas a ocupar?

Verídica finalmente resopla y recupera aire. Todos se paran.

Bufón:- Jaja… ese no es mi hijo.

Verídica:- (al oído del joven) Es su yo verdadero…

Bufón:- Les voy a contar algo… como deben saber, más de un niño nace con un don espontáneo de imaginación, que si se alienta, podría llegar a ser algo genial y maravilloso. Pero en general, el niño no llega a nada o se acostumbra a la exactitud o se dedica a perder el tiempo con adultos o personas bien informadas. Así, en muy poco tiempo mata su imaginación y empieza a decir la verdad. Esto le pasa a este niño, lo dejé ser libre y miren en lo que se convirtió… en un adulto infeliz.

Joven:- Pero él eligió ser así, por tanto es verdadero… no va en contra de su condición, no pretende ser lo que no es… no como usted, que se hace el niño despreocupadamente.

Bufón:- Él elige ser así, pues que lo sea… yo ya lo intenté divertir, es imposible… Miren…

El bufón emplea todo tipo de morisquetas y gags cómicos, pero el niño mantiene su mirada triste.

Joven:- No todo en la vida es reír… a veces, es sano llorar…

Bufón:- ¡No digas esa palabra! ¡Niños, tápense los oídos!

Joven:- ¿Cuál? ¿Llorar? ¿Llanto? ¡¿Tristeza?!

Bufón:- ¡Basta! ¡Es insoportable!

El bufón se resiste pero finalmente se desarma en llanto, llora y llora desconsoladamente.

Bufón:- ¿Y quién me hace reír a mí? Yo vivo para encontrar risas en los demás… pero ¿quién se anima a divertirme? Hace años que soy un chiste, si lo pienso… lloro…

El bufón llora desconsoladamente, los niños ríen inocentemente. El niño de semblante melancólico se acerca y lo abraza y lo consuela. Los otros niños dejan de reír y contemplan serios. El bufón abraza con fuerza al niño. Verídica hace seña al joven para largarse de allí y lo hacen.

Elugo