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jueves, 11 de julio de 2013

CHAU*



Era viernes y el living de mi casa estallaba en rayos de sol que tejían reflejos desde las ventanas a los espejos, pasando por los portarretratos y los adornos de cerámica; rebotaban sobre la mesa de mármol hasta estrellarse contra el mueble de madera que sostenía mis trofeos de cuando era niño. Éstos, sucios y empolvados, dejaban registro de mis triunfos del pasado, tiempos de bueno sobresaliente y diplomas por los méritos deportivos: esos trofeos sucios eran metas ya muertas, flores secas, pero lucían bien sobre el aparador familiar. La casa estaba en uno de esos días especiales donde parece no tener puertas ni techo: mi madre entraba apurada por la cocina hacia el cuarto, se detenía y pensaba, miraba inquieta cada rincón de mi ropero, de mi cama, y sin buscar nada pretendía encontrar algo importante; mi hermana Lu deambulaba con la mente perdida por entre las cajas a medio llenar y la ropa en el piso, su rostro no disimulaba la tristeza de sus pensamientos, pero igualmente tarareaba la canción Adiós que sonaba desde mi dormitorio a un volumen importante – No es soberbia es amor, poder decir adiós… cantaba Lu con su voz casi muda aunque en una perfecta afinación sobre la voz del cantante. - ¡es crecer! Concluía yo la estrofa desde el living en donde cautelosamente me dedicaba a seleccionar los libros que llevaría conmigo en este primer viaje hacia la capital, mi futura ciudad de residencia. Guarde sin pensar la novela “Factotum” de Bukowski y “The Pearl” de Steinbeck; luego la selección se hizo más fácil. Si bien la actividad me emocionaba, temía mucho a lo que tenía por delante: me encontraba armándome de cosas para abandonar mi guarida, mi rincón en el mundo, cada decisión tomada hoy tendría un rebote directo en el futuro cercano y eso me atemorizaba. Mi preocupación radicaba mas en lo que dejaba que en lo que llevaba conmigo, y eso se aplicaba a cada cosa que me pasaba por ese entonces: si bien mi madre y Lu ayudaban en lo de empaquetar cosas, ambas sabían que lo hacían con el dolor ya instalado de estar alejándose de mí. Esa realidad era evidente ante mis ojos, no podía ignorarlo, pero también se trataba de una cuestión insorteable, parte del desarraigo incluiría momentos de indiscutible angustia y dolor. La tarde se ponía ventosa y nosotros terminábamos de arreglar mi equipaje y alguna caja que debía llevar para mi nuevo hogar, una pensión compartida sobre una conocida calle del barrio Cordón. Totalmente contrariado entre pensamientos y sensaciones físicas, típicas de la ansiedad y el nerviosismo, le propuse a mi madre tomar mates mirando como el sol caía tras los árboles de la casa. Lu se sentó en mi falda y me abrazo fuerte el cuello para hundir su rostro contra mi hombro. El nudo en la garganta apretaba con fuerza. Mi pecho explotaba. Necesitaba salir corriendo calle abajo hasta enfrentarme al rio y dejarle un centenar de lágrimas que ya no aguantaba. Deseaba no tener que tomar decisiones, que todo fuese más sencillo, no tener que despedirme nunca de nada, no ser más espectador de mi propio desmembramiento. Los tres nos abrazamos fuerte, sin mirarnos, con los ojos cerrados, y lloramos con ganas sintiendo nuestra piel, nuestro olor, tocando nuestros cabellos y diciéndonos que nunca nos separaríamos, que nuestro magnetismo nos tendría siempre unidos, estemos donde estemos. Mamá me regalo un poco de dinero, me sugirió que sea prudente y que si bien las cosas en la casa estaban difíciles, que no dudara en pedirle ayuda del tipo que sea en cualquier momento. Me pidió que me cuidara, que comiera sano, y que no me prometiera nada a mi mismo que no pudiese cumplir. Aquello me dejó pensando. Nos reímos con las mejillas todavía mojadas de cómo nuestra perra Lola, frotaba su hocico contra mi entrepierna sollozando, como percibiendo mi pronta partida. Lu me pidió que no dejara de escribirle y que mantuviera fresca en mi memoria la canción que juntos habíamos creado y tanto nos unía; Lu tenía 6 años, pero su inteligencia era muy superior a la de una niña de su edad. De repente nos quedamos cayados. La realidad de nuevo. Otra vez el amor contradiciéndose a sí mismo. La mochila en mis hombros, la guitarra atravesada con la correa contra mi pecho y sobre la valija de ruedas dos cajas medianas un tanto pesadas. Así y todo, podía manejarme con comodidad. Lu me dio su disco favorito, lo guardo ella misma en la funda de la guitarra, besó mis labios cariñosamente y se fue a su cuarto, todavía perdida, con ganas de leer o hacer algo que le distorsione el presente. Mi madre fue conmigo hasta el portal de la casa y abrazándome hasta el alma, como queriendo quedarse con parte de ella, me dijo que me amaba y me esperaría siempre… El taxi interrumpió el momento y yo, como sin vida, me acomodé en el asiento camino a la terminal. No quise mirar hacia los costados, pero explotado en tristeza me despedí con altura y seguridad - Bueno Ma, me voy…
Esa noche por la ventanilla del ómnibus me encontré con el niño de los trofeos. Entre susurros me dijo que me felicitaba y que no me abandonaría jamás. Mientras mis ojos se perdían en la nada me sentí una isla entre los pasajeros, no podía ver más nada que no sea mi paisaje interior. El niño que fui me guiñó un ojo al tiempo que Heroes de David Bowie comenzó a sonar desde los auriculares que llevaba puestos; lo miré con confianza, sonreí con los ojos tristes y en voz alta le dije la palabra que debía decir:
*






J.Sebastián

miércoles, 10 de abril de 2013

Kill the writer



No lo seguía nadie. Nunca fue la voz cantante de nada; nuca la unanimidad de las voces se resumía en su opinión. Siempre quiso, pero no.
Jamás logro que le preguntaran su postura frente a ninguna decisión. De chico le imponían los pasos, le condicionaban el trajinar. Cuando adolescente no lo querían ver crecer;  el pibe no se animaba a bailar -¡ignoraba el don que tenía!- porque no daba para expresarse a tal punto de parecer libre. 
El límite fue siempre su horizonte, un horizonte incómodo, ya que lo tenía apretándole el pecho todo el tiempo, en todos lados. Ese horizonte, encimado a su cara, le pinchaba los ojos, marcaba cortes en sus labios, le dificultaba el habla, su única genuina posibilidad de expresión.
De grande hablaba poco y avaramente, así, como para sobrevivir. El murmullo era su grito. Sus conquistas sexuales eran gracias a su encanto natural; las minas se desarmaban ante su inmensa vulnerabilidad, cuando no lo terminaban pateando en el suelo directo a las costillas.
 El muchacho estaba preso en sí mismo. Le gustaba la cornisa, sí, pero estaba encarcelado entre sus miedos, el asombro ante la existencia y el amor. Consiguió comprar una casa, alimentar a su hija –milagro del cielo- que había tenido con su única pareja, pero nunca supo donde encontrarse con él mismo,  con su motivo, no daba con la vibración que lo mantuviese donde él quería estar.

Y le preguntaban: ¿Dónde te gustaría estar? A lo que contestaba con el ruido de la distancia, estallaba en silencio…

Busco en cielos de otro país, en ruidos de calles sin nombre. Nunca despego sin su música y un día hasta se enamoro de un libro. Y aunque kilómetros y cicatrices, de nuevo la soledad: voz muda que aturde y decapita las ideas.
Sentía que el futuro ya estaba atrás de él: adelante no había nada. A los cinco, los catorce, los treinta y cinco años: adelante no había nada. Ni en las mujeres, las drogas, los amigos, los amigos del diablo: el pique no aparecía, no brotaba de ningún lado.

Pero un día, cuando sintió que literalmente el corazón se le escapaba de las manos y daba contra el suelo, encontró una solución. Ahí fue cuando empezó a escribir.

Nunca nadie leyó su poesía.
¿No será que vida es ausencia de muerte?
Desde antes de nacer, este escritor ya estaba muerto.
(Aunque todavía respira)

Seba


viernes, 12 de octubre de 2012

La realidad la mentira y la verdad

 *Cuando llegó a su apartamento con la campera a rastras y el fondo tibio de la cerveza en la otra mano, su madre que leía en el cuarto le preguntó con voz clara -Y ¿Cómo estuvo la reunión con esos nuevos amigos? A lo que Santiago respondió -¡Bien! Hubo un momento frente a una banderola que estuvo muy bueno...

  Adentro de aquella casa, iluminada por tenues pero potentes luces amarillas, la fauna humana reía, bailaba, entrechocaban sus copas, todo entre gotas de alcohol infinitas, una música hipnótica y el humo sucio de decenas de cigarrillos que practicaban la danza cenicero-pulmón hacia horas. Era el comienzo del fin de semana, una nueva oportunidad para Santiago de salir a seguir conociendo los secretos prohibidos que todos sabemos existen entre la luna y la ciudad, una nueva oportunidad de ponerse a prueba frente a los personajes que el teatro invisible del pavimento siempre tiene para sorprendernos. En aquella ocasión, la noche lo encontraba en la casa de un amigo relativamente nuevo que compartía una clase con él en la facultad. Música, vitamina, amistad, mascaras invisibles, frenesí. Todo había sido pensado para que nada faltase. El terreno estaba listo para un Santiago sin ninguna extravagante ambición, más que ir por un vaso de whisky (tomaba con su padre desde los once años) para luego pasar a vichar, primeramente de lejos, los discos que estaban bajo el monstruoso equipo de música. Por el momento lo que sonaba estaba acorde a su criterio, dentro de sus parámetros, Depeche Mode no suele fallar en ámbitos de caos.
  La ruleta de la noche y sus variadas posibilidades siguieron dando vuelta con las agujas de un reloj al que le daba lo mismo si fiesta o entierro. Desde un sillón y con la mirada sepultada en algún detalle, puesto y apuesto, Santiago comenzó a flotar sobre sí mismo para ir desde allí a cada situación que lo rodeaba. Su amigo, gran valor, saltaba como boxeando entre tres minas que le festejaban hasta el más mínimo gesto, las tres con la misma intención de terminar chupándole la pija a cambio de una segunda cita “a la luz del día”. Junto a él, un pelado muy alto de ancha espalda, hablaba con una señorita, tímida, delicada en sus movimientos a la hora de arreglarse el pelo o beber de aquel liquido color violeta. Mientras el pelado le comentaba cual era el secreto de la vida, la verdad absoluta del universo, ella hacía equilibrio sobre sus tacos del grosor de un hijo asintiendo a todo con la cabeza ante la exquisita reflexión del no-hair-man. A la muchacha el contenido de aquella pelada le importaba una mierda, la primera cuestión para ella era atender a su equilibrio, a su postura pero física; parecía una autómata. Santiago sonrió para si mismo y siguió bebiendo whisky, hasta que comenzó a notar que una muy linda chica de vestido negro y cerquillo sobre los ojos lo estaba mirando desde el sillón de enfrente. Encendió un cigarrillo y continuó mirando a sus costados. Sentados en una ventana, dos tipos, muy modernos en sus vestimentas, hacían muecas rígidas y fumaban. “Son el clásico dúo: el orejón y el lengua larga” comentó mudo Santiago con su otro yo. Uno de los tipos el “lengua larga” hablaba y hablaba mirando el perfil de su compañero, movía los brazos, se paraba y marcaba una altura, se reía, se ponía muy serio. Y el receptor, lo único que hacía era escuchar con sus dos pantallas auditivas y de vez en cuando pestañaba los ojos, que eran de búho. Ambos faunos estaban en su viaje mental, probablemente tramando alguna paranoia que los altere aún más de lo que estaban. Santiago dio otro trago a su vaso, y volvió su mirada a la chica del cerquillo quien casualmente, seguía mirándolo. El problema eras que ella estaba con otro hombre, estaban sentados bien juntos, él muy borracho, tomados de la mano. Así y todo no dejaba de mirarlo. En medio de esa situación Santiago alzó su vaso a lo lejos en señal de camaradería y ella sonrió, y besó a su novio que dormitaba. Atrás de ellos se había formado un fiesta aparte, era una ronda de unas doce personas, todos riendo a carcajadas y moviéndose continuamente, todos excepto uno que también estaba con ellos pero sentado y más alejado. Éste espécimen, de largas ojeras, no hacía otra cosa que fumar y fumar cigarrillos. No tardaba más de treinta segundos entre que descartaba una colilla en el cenicero y encendía uno nuevo. Santiago lo miró asombrado ya bastante borracho. En un momento, Mr. Ojeras sacudió su cigarrillo en el cenicero y sin querer sumergió un dedo por completo dentro de él, como si no tuviera fondo, como sin fin. Sorprendido y sin entender nada, el fumador a tiempo completo probó metiendo una mano, luego el brazo en el cenicero hasta que Santiago solo le vio el torso, luego la cabeza y finalmente desapareció. A su alrededor, nadie se enteró.
  Santiago supo que algo en él no estaba bien, la borrachera comenzaba a pesar, por lo que esquivando chorretes de alcohol y algunos disturbios fue hasta el baño y de regreso encontró en la cocina una banderola que daba hacia un patio interno. Le pareció un lugar propicio para fumar su último cigarrillo antes de irse. Para reforzar su decisión de estar a solas, escuchó que en la sala ahora sonaban los Auténticos Decadentes. Aquello marcaba el fin de la noche. Encendió el cigarrillo de frente a la banderola, apoyado contra el fogón. El viento que entraba por esa banderola era un alivio para su cuerpo, los poros se inundaron de un frio hermoso. La piel se le erizó, y respiro consiente de todo, lúcido. El panorama desde ahí daba a otro muro que también tenía una banderola hacia el mismo patio interno. Tras el vidrio estaba oscuro, por lo que el rostro de Santiago se veía reflejado en la banderola de enfrente. Parte de él estaba afuera, al menos su reflejo ya se había ido de la fiesta. Se alegró de saberlo. Pensando pausadamente en todo lo visto recientemente dentro de la sala principal, comenzó a hablarse con el único fin de poder escuchar lo que estaba pensando:
- La fantasía es fantasía. La fantasía existe, forma parte de la realidad. La fantasía es real…Santiago se hablaba en silencio mirando el reflejo de la ceniza roja en el vidrio de la banderola en el muro de enfrente. Le parecía muy poético verse en un cuadro dentro de otro cuadro.
- También la mentira forma parte de la realidad, tiene un cuerpo, tiene una forma. Saber mentir es saber estafar, es poder cambiar de lugar los elementos reales y los elementos fantásticos sin que los engranajes dejen de funcionar- concluyo convencido.Ya con la mente por fuera del cuerpo, Santiago mojó la colilla en una gota de agua que colgaba de la canilla; estaba decidido a salir de esa casa, ya había alcanzado, nada lo retenía sino todo lo contrario. Giro sobre su eje, seguro de sus pasos, y tras de sí la chica del cerquillo se había recostado al fogón, y observaba por la banderola, dispuesta a fumar el último pucho que tenía en la cigarrera. Él sonrió, porque realmente sentía mucha gracia, tomo una cerveza que había sobre una mesada y fingiendo colgar una máscara invisible en el perchero a un lado de la puerta de la cocina, salió rumbo a la calle.
  Una vez en la vereda, sacó del bolsillo secreto de su campera un pequeño reproductor de música con dos diminutos auriculares. En ese momento se sintió ser el medio y el fin de todas las cosas. Tenía consigo lo poco que necesitaba para estar un poco en paz y por sobre todas las cosas, tenía intacta la bendita capacidad del deleite. Puso los auriculares donde corresponde y ya sobre la avenida le dio play en modo aleatorio (ese segundo de espera por la canción perfecta es realmente delirante). Con Packt like sardines in a chuchd tin box de Radiohead correteando por su cabeza, pudo ver como los edificios bajo un cielo púrpura, subían y bajaban como en un ecualizador:

“I’m a reasonable man, get off, get off, get off my case /Soy un hombre razonable, déjame,
déjame, déjame en paz”

*

                                                                                                                Seba

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Fin del Invierno


Eran las tres de la tarde en el reloj de la televisión. Afuera una tormenta agresiva comenzaba a gestarse, llovía mucho, el viento distribuía el agua sobre cada árbol, cada baldosa, cada peatón. De lejos pero con apuros parecía venir un monstruo de altas patas con un gran torso, como una tortuga gigante con cuatro eléctricas piernas: el monstruo curioso, ingenuo, se instalaría sobre Montevideo y rompería todo lo que más pudiese por más de veinticuatro horas. Los periodistas intentarían subir a su lomo para conseguir imágenes exclusivas; en las redes sociales sus usuarios como por alienación mental colgarían fotos de sus dentaduras a espaldas de algún auto aplastado por un semáforo o una chapa voladora incrustándose en una vidriera comercial. Pero hasta entonces, eran las tres de la tarde y el monstruo todavía estaba lejos. Mi primo me hizo una llamada al celular, estaba en la puerta de mi edificio: apagué la tele y baje las escaleras. De regreso en el apartamento y mientras él veía por la ventana como el cielo se revolvía, le acerque una toalla y ropa seca. Me agradeció con los ojos contentos y una punta ya colgando de sus labios. Le pregunté si tenía las pelotas muy mojadas y riéndose bastante me confesó que sí. Puse agua a calentar en la cocina para aprontar un mate; a esa altura la habitación ya estaba llena de aire rico y en los parlantes sonaba Flite de Cinematic Orchesta. Entre golpes en las costillas nos dijimos que hacía mucho no nos veíamos y era una vergüenza que eso sucediese. Hablamos sobre nuestros últimos pasos sobre el tablero, luego me contó de una pelea de boxeo que yo no había visto. Después nos abrazamos al comprobar que ambos teníamos entradas para ir a ver a Nacional esa misma noche, aunque la emoción disminuyó cuando evidenciamos que eran para diferentes tribunas. Es un grato momento cada vez que nos vemos con el primo Joe.
El vapor desde la caldera se hacía escuchar hacía un rato, fui por la yerba, mate y bombilla. Los trapos mojados de mi primo colgaban sobre la estufa a gas apagada. Había papeles por todos lados, acordes de canciones, prácticos de Español I, una cuadernola con mi lápiz 0.5 y la goma encima. Sobre el amplificador, frente al catre disfrazado de sillón, estaba el cenicero a igual distancia entre nosotros dos. Mi perro obligaba a mi primo a que lo acariciase, no le otra dejaba opción. Y entre mates humeantes, tabaco y la armonía ahora de Man With a Movie Camera nos dispusimos a hacer lo que hacíamos desde chicos cuando estábamos juntos, sin nada que hacer: inventar realidades paralelas o directamente distorsionar la ya vieja y conocida…
- Para mí los seres humanos vamos a terminar siendo todos calvos –sentencié mientras procuraba no quemarme la piel con el agua hirviendo en el termo– por una cuestión de adaptarnos a los nuevos climas que se vienen y se seguirán dando.
- ¡Jajá! ¿Decís? Sería cómico, todos con gorritas onda condón capilar –decía Joe mientras se estiraba una media de fútbol seca que le había alcanzado. En ese sentido, y llevando esta idea un poco más al carajo, también usaríamos trajes aislantes, platinados, bien justitos al cuerpo, porque entiendo lo de pelarnos por el calor ¿Pero en invierno? Esto me hace acordar a una película..
- Quedaríamos a imagen y semejanza del prototipo de un extraterrestre. Ya dejaríamos lentamente de ser terrestres, estamos lentamente dejando de ser terrestres… -dije rascándome la cabeza sin encontrar demasiado fundamento a lo que había escuchado salir de mi boca.
- ¡V Invasión Extraterrestre! En esa serie los Visitantes se filtran entre los humanos para, yendo al punto, robarles el agua y cosecharlos a ellos como alimento –afirmó Joe redondeando con dos fuertes chupadas a la bombilla, de esas que hacen que chille la yerba.
- Quizá seamos parte del proyecto de una raza superior –aporte con cara de boludo. La tierra poco a poco irá dejando de ser un lugar humanamente habitable. , aumentará mas la pobreza a la velocidad de la tecnología, el hombre empezará a mirar para arriba como posible salida viable de lo que se supone son los últimos tiempos del planeta Tierra.
- Capaz terminamos viviendo en praderas de suelo muerto, en grandes cápsulas acondicionadas, tramando ya los últimos detalles del despegue final hacia otra galaxia – decía mi primo parado frente a la ventana con un puño cerrado contra el pecho, graciosamente sobreactuado, mientras las gotas golpeaban el vidrio como queriendo atravesarlo.
- Y estamos hablando de una transformación que se daría de forma inconsciente –insistía yo aplastando un tabaco contra el cenicero. Todo será táctil, todo lo necesario podrá conseguirse apoyando levemente la yema del dedo, se daría una mutación en los sentidos, cambiarían las necesidades básicas…
- ¡Jajá! Eso también pasa en la película Wall-E de Pixar –me recordaba Joe para que la conversación se fuera definitivamente a la mierda y los dos nos riéramos de todo y nada al mismo tiempo, como dos pendejos, rodando por el living.
 Pasaron horas, más humo, mas de tres discos, incluso en un momento recuerdo haber tocado la guitarra mirando como afuera el día se deshacía mientras el dormitaba un poco, mal apoyado sobre uno de sus brazos. El horizonte de ventanas permanecía inmóvil contrastando con todo lo demás. Seguramente había libros que debía leer para la facultad, en el cuarto estaba todo tirado, los platos de la última cena seguían malolientes en el fregadero, pero en pocas horas estaría mojándome a propósito en el estadio Centenario para ver a mi cuadro y contaba con la grata compañía de mi gran primo Joe: todo estaba bien, no había nada de qué preocuparse… Si bien los temporales a veces son inevitables, en otras ocasiones uno los elige, elige tener que lidiar contra las inclemencias que amenazan, sacar alguna victoria de eso. De otra manera no podríamos gozar de la resaca, de la derrota con final feliz, del paraíso que parece la vida una vez que se termina el tour nocturno por el inframundo.
 Ese día, ya caída la nochecita, mi primo y quien escribe nos preparamos para salir a la tormenta, fuimos felices haciéndolo. Queríamos dar con el agua, sí, por eso nos arropamos bien, queríamos dar contra el viento, sí, y por eso también nos hicimos de coraje para restarle importancia a su presencia. Salimos a la calle y ahí comenzó lo mejor: el agua nos daba con fuerza en la cara, inmediatamente las piernas se nos empaparon, las gotas se filtraban por los zapatos y el viento conspiraba para que cada paso fuese complicado, diferente al anterior. Como dos indigentes arrastramos las piernas por calles y avenidas, cada uno con su pensamiento perdido en diferentes abismos, lejos el uno del otro pero a la vez muy cerca. Los dos éramos uno contra el cielo de nubes barrocas.
 Y así moría el invierno, en su mejor momento. Esa noche y todo el día siguiente quedarán en la historia meteorológica de nuestro país. No solo muchos quedaron sin sus casas, una señora del interior perdió a su esposo y sus dos hijos, se los trago la furia de un arroyo y la impaciencia de un hombre. Cada ciudadano es fanático de alguna anécdota personal en aquel largo día que duró unas treinta horas. Por mi parte no cuento con ningún suceso digno de ser narrado de aquel temporal, solo estuve en las primeras horas con mi primo y no me importo más nada que ir a alentar a mi equipo. Durante la tormenta me dedique a ser feliz, más allá del frío, de la soledad en aquella tribuna sabiendo que Joe estaba igual que yo al otro extremo del estadio, más allá de que Nacional ese día quedaría afuera de la copa perdiendo bien, superado dignamente por un equipo ecuatoriano totalmente irrelevante en el fútbol latinoamericano (dicen, que cuando Nacional fue a jugar a Ecuador, lo recibieron como “al primer equipo tricampeón mundial invicto en visitar su Estadio Federativo Reina del Cisne”, nos sabían grandes, y el problema fue que nosotros también). Esa noche me fui acompañado de un amigo de la infancia, un cigarrillo, y muchas dudas. Maldito sea el roce en la entrepierna, cuando uno está mojado y con las articulaciones acuchilladas por el frío… El monstruo ya estaba sobre nosotros. A mi primo Joe no lo encontré más. Así tenía que ser. Nada del otro mundo. Todo sucede como debe suceder. Vendrán veranos, otoños y más primaveras. Por ahora eso es todo. Por ahora.

                                                                             Seba

domingo, 18 de marzo de 2012

Fin del verano

El señor Augusto se enorgullece en presentarles a un gran escritor, amigo de la casa, el señor SEBA. Aquí les dejo más de sus textos: http://factotumunderbar.blogspot.com/. Esperemos tenerlo de nuevo por acá.
W.C.Chamberlain 

El sol dominguero era explícito en sus intenciones de estallar lentamente tras el horizonte, el viento había entendido e intensificaba su presencia en las banderas, y la luna transparente estaba afuera, triste, por haber fracasado nuevamente en su anhelo de romance con el sol; ella sabía que sin él no era nada y otra vez se cruzaban, una nueva oportunidad se le escapaba de las manos. Al final del día estaría sola, intentando justificar otra derrota, en vano como casi siempre.
En medio del murmullo y los gritos de impotencia, el árbitro levantaba sus brazos indicando  el final del partido. Los padres de familia huían de las tribunas con sus hijos a tiro por las escaleras, algunos hinchas movían la cabeza hablando mucho, entendiendo poco, otros solo miraban el centro de la cancha buscando una respuesta o pensando quizá en problemas personales que nada tenían que ver con aquel contexto. Luego de un suspiro a medias y un breve entrecerrar de ojos como para volver a mi eje, encendí un cigarrillo y me decidí a salir por las escaleras más cercanas. Por un rato mis pensamientos se cruzaron con los de la multitud, y canté con potencia una canción que todos sentíamos, dándole ánimo al cuadro de nuestras vidas. Dejé mi rabia y orgullo en esas escaleras y casi fugitivamente  me desprendí de la masa humana. Ya había sido demasiado.
A unas pocas cuadras del estadio, me hice de dos latas de cerveza para el camino. En una hora mi ex novia me estaría esperando en el bar que solíamos frecuentar. Aquel lugar no era nada del otro mundo: una barra importante al final del salón, mesas de madera antigua, sillas acolchonadas tapizadas con cuero blanco, paredes blancas, una rocola del siglo pasado entre ambas puertas del baño y - lo que hacía de aquel lugar una maravilla - una enorme biblioteca a la que el cantinero le daba la espalda situada detrás de la barra. Habitualmente la música que se escuchaba era tango rioplatense, a veces jazz, y en contadas ocasiones rock en español. Para el cantinero – viejo amigo de la infancia - el rock en español era una mierda. Yo por un tiempo había comprendido sus argumentos. Ya no. Igual nos admirábamos y queríamos mucho, sobre todo por que me agasajaba con vasos enormes - al límite del desborde - y yo por mi parte lo incluía en mis relatos. Sí que nos admirábamos.
Entré al bar, pedí el mismo whisky con agua de siempre y me dispuse a esperar a la que había sido mi chica: luego de algunos acercamientos estábamos probando estar juntos de nuevo. Todo era muy delicado, muy sutil, los dos habíamos bajado al infierno para vernos las caras, y luego había sido difícil salir de allí sin recuerdos traumáticos. Éramos muy amigos, no podía decir que no a la invitación de ir por unas copas y hablar como antes, cuando el amor nos encontraba felices. Le pedí a Dios – así llamábamos los amigos al cantinero – que me sirviera una segunda vuelta. Así fue. Me trajo el vaso acompañado de un libro, y me dijo – Se llama “Tortilla Flat” y es de John Steinbeck, un libro de relatos para que la tristeza deje de serlo, éntrale, es bueno. Di un sorbo a mi vaso, que venía muy bien, y con una sonrisa respondí – Dios, tú siempre cuidando de mi espíritu y trasero. Dio media vuelta y volvió a la barra por que entraban otros clientes -  Dios no puede estar mas de un par de segundos con cada uno. Dejé el libro a un lado y me puse a observar: era una dama y cinco muchachos, todos hablando alto y empujándose cada tanto. Pidieron seis cervezas y se dispusieron a hablar y reír a carcajadas, todos hermanados, y a la vez cada uno en su propio universo. Algunos entraban y salían del baño, con muecas divertidas clavadas en el rostro y los ojos fijos en sus botellas. Las seis cervezas pasaron a ser dieciocho, y mientras los minutos pasaban yo seguía mirándolos asombrado por sus movimientos: de inmediato hicieron suya la rocola y pedí mi cuarto whisky mientras las guitarras de Cecilia de Buenos Muchachos me rompían el cerebro. Dios estaba enojado. Los seis botijas tomaban y respiraban, respiraban y volvían a tomar. Aquel trajín más el alcohol en la sangre ya me estaba mareando. Dejé el dinero cobre la mesa, puse el libro entre mi pantalón y el calzoncillo y salí del bar. Prendí el anteúltimo cigarrillo en la puerta y allí me quede un rato, queriendo entender el por que de tanta confusión en la cabeza. De un brusco portazo salieron los seis amigos con algunas botellas. Mientras cuatro de ellos aplaudían y tiraban alcohol, los otros dos se pegaban sin piedad, patadas en la espalda, puñetazos fuertes en las costillas. Y así se fueron, prácticamente rebotando hasta la esquina. La chica me pidió mi último cigarrillo y yo cedí, al tiempo que giraba y me disponía a regresar. Una parte de mi se iba con ellos. La dejé.
Varias cosas quedaron claras ese domingo. Muchas otras se enredaron todavía más. Mi ex novia había sido concreta con el mensaje. Aquella cita fracasada planteaba un futuro muy predecible; otra vez estaba solo, con un libro apretado en las pelotas. Los seis personajes del bar – por otra parte – me demostraban otra posible manera de entender las cosas, esa otra vida que aunque extravagante a la vista, también presentaba sus ricos sabores, sus momentos de cristal. Sin desviarme mucho del pensamiento, doblé por la avenida bajo la noche azul. Algo me decía que el próximo domingo mi cuadro iba a ganar, y una luz de esperanza se abriría para dejarme sospechas de que la felicidad no estaría tan lejos. Al menos así encontré una excusa para caminar con ritmo, casi bailando, entre edificios y calles, en pleno fin del verano.

SEBA