miércoles, 9 de abril de 2014

Desapercibido



La ola se forma, luego  -sobre sí misma- se rompe. El agua arrastra todo lo que haya para arrastrar, la arena se mueve. La espuma llega a la costa y en segundos desaparece; la marca del agua se seca. Y yo acá, sentada, observando como todo vuelve a pasar. 

Una y otra vez, la ola se forma, toma fuerza, se rompe. La arena se mueve, la espuma se va, el agua se seca. Los pensamientos inundan y a la vez desaparecen, mientras tanto la ola se forma. Los gritos se callan, la ola se rompe. Todo se pone blanco mientras la arena se mueve. El horizonte no existe – mientras tanto todo sucede de nuevo, la ola se forma, más adelante otra se rompe-. 

No puedo seguir el ritmo: la ola se forma, el agua arrastra, la ola se rompe, la arena se seca, la ola se forma, la espuma se va, la marea sube, la ola se forma, la arena se seca, la ola se rompe. Me estoy mojando, me estoy perdiendo  -pienso-, pero la ola se rompe, el agua arrastra, la ola se forma, la arena se seca, la espuma desaparece, la ola se forma, la espuma llega a la costa, la arena se mueve, la ola se rompe. 

Y mientras todo vuelve a comenzar sólo distingo el ruido del mar que arrastra, forma, rompe, seca, mueve, desaparece, tranquiliza.  

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Me sentía tranquila, sentirme mareada por cosas no rutinarias y externas a mí, me tranquilizaban. Un terreno conocido y desconocido a la vez. 

Era normal sentir el desequilibrio que generaban en mí ciertas cosas, el vaivén de pensamientos, el nudo en la garganta. Pero nunca había sentido un mareo de tal magnitud por cosas naturales, separado de todo tipo pensamiento –el cual hacia tanto tiempo me jugaba en contra-.   

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Tranquilidad de afuera hacia adentro, como una profunda respiración.   

Edna

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